
Semana treinta y uno. Ya no come, tiene un nudo en el estómago. Lo único que bebe son sus propias lágrimas.
Ya no siente ni padece.
Alguien ha cerrado la puerta del infierno con llave por aforo completo, y está condenada a sobrar.
Ha dejado de escribir.
Se han llevado su única toma de contacto con la realidad.
Todo ser humano le resulta jodidamente repugnante. Jamás pide explicaciones.
Cualquier parecido con una sonrisa es pura coincidencia.
Tiene tendencia a agrandar las cosas que de por sí le van grandes.
También tiene ganas de gritar, pero sabe que si lo hace, se la comerán los lobos.
¿Cuántos días faltarán para otro martes y trece?
No quiere mirar al reloj, ignora cuanto tiempo ha estado perdiendo el tiempo. Y entonces, suena.
"Soñaba con ser especial..."
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