
Una mañana como otra cualquiera de abril.
Abro los ojos.
Hola, mundo.
Vaya, nada ha cambiado desde la última vez que nos vimos.
En poco tiempo estoy lista para salir, cojo el autobús y te veo pasar. Siento un pequeño escalofrío. No puede ser por el aire acondicionado, hace muchísimo calor ahí dentro...
Te alcanzo y me saludas gritando mi nombre.
Es oír esa voz e, inconscientemente, temblar. Sin darme apenas cuenta, pasa el tiempo y me pierdo en esos ojos, dulces, serenos, calmados, llenos de alegría... y pienso en cómo ha podido ocurrir todo tan rápido.
Me hablas de todo y de nada a la vez, nunca nada importante, al menos, para el resto de la gente. No hace falta que sigas charlando. Hace un buen rato que dejé de escucharte para simplemente oir. Tengo tanto sueño... Pero no puedo parpadear, ni cerrar los ojos un minuto. Podría perderme una mirada tuya.
Suena el timbre. Sonríes, lo que yo entiendo como una despedida. Vaya.
¿Seguro que no estaba soñando?
Me froto los ojos. Eres real.
Definitivamente, no ha sido una mañana cualquiera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario