sábado, 7 de enero de 2012

62.














Y, como marionetas del sistema, amanece un día más a la hora de comer y no sé como controlar bien todavía el peso de mi cuerpo. Llamo otra vez al pretérito (im)perfecto y suena uno de esos contestadores en los que la voz es tan humana como el momento en el que perdimos la esperanza de llegar a ser. Paseo por el parque y, mientras veo como el vodka blanco intenta hacer equilibrismos por los vasos de las niñas de once años, trato de recordar cuando se perdió la inocencia y la virginidad tan deprisa como aquella vez que te saludé de una manera distinta al resto de las veces, cuando yo también perdí, pero no la inocencia, sino el sentido por tus palabras.

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