viernes, 6 de enero de 2012

61.


El olor a hierba recién cortada. El sonido de las pisadas en los charcos de lluvia. El viento golpeando las ventanas de las casas, buscando un lugar por donde huir del sol. Las hojas caídas crujiendo sobre los pies de todos aquellos don nadies. Ni rastro de aquella nieve que nos venden como cálida y familiar. Del cielo solo cáen pequeñas gotas de lluvia que se deslizan por los cristal empañados por la humedad. Una nube de gasolina y de gente que cubre la ciudad. Gente con prisas, gente rutinaria, almas muerta que viven solo por complacer a la sociedad. Por la televisión, cinco o seis películas sobre espíritu navideño de esas que son todas exactamente iguales, programas de "tonto tú, no, tú más" y toda esa mierda que la audiencia quiere creerse. En la radio suena una canción de esas que siempre serán buenas pero nadie recuerda su título. Los edificios están cubiertos de luces que no iluminan absolutamente nada importante, mientras un pobre vagabundo pide limosna bajo un árbol decorado con cientos de bolas de navidad que han costado más que toda la ropa que él llevó ayer y llevará mañana.
Había llegado justo donde quería ir. El lugar donde todo el mundo se cree alguien y donde a nadie le importa un empujón más o un empujón menos por las calles. Y la única persona que de verdad significaba algo, se había camuflado y desaparecido entre la muchedumbre que traficaba con sueños y esperanzas ajenas, convirtiéndolas en el humo que salía de sus cigarros.

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