lunes, 9 de enero de 2012

64.

Aún sigo tomando helados en invierno, aún sigo debiendo dinero y sonrisas, aún sigo pasando por aquél callejón oscuro y poco transitado para ir a casa, ese por el que me dijiste que evitara ir.
Te mentiría si te dijera que he dejado de morderme el labio cada vez que estoy nerviosa, o que ahora me gusta la Coca-Cola, o que he dejado de jugar con el pelo, o de pensar en voz alta, o que haya perdido el miedo de llorar en público.
No te niego que al sujetar mi propio pulso para tratar de escribir una sola respuesta a un ¿que coño te pasa?, me haya rendido a mis rodillas, a los pocos segundos de empezar una batalla entre las palabras y los sueños, y sueño con volver perder el tiempo entre tus vicios y virtudes, y quien dice perder, dice recuperar.
Sigo desayunando las mismas galletas
todas las mañanas.
Y ahogando mis penas en batidos de chocolate en lugar de en sangría barata con sabor a vinagre como el resto de todos los supuestos mortales de esta avenida, y de la siguiente si nos paramos a pensarlo.
Y poniéndome tacones de doce centímetros para no poder ver mi orgullo por los suelos.
Y subiendo la música para no percibir el amargo olor de las discusiones entre las dignidades de todas aquellas personas que creen que aún no la han perdido, cuando ésta se escondió detrás de cualquier poste mal pintado nada mas creerse superior por alzar más la voz que el otro.
Así que pídele perdón al tiempo, que él no me ha hecho nada.

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