miércoles, 15 de febrero de 2012

67.

Pasé delante del escaparate como todas las tardes, atendía una mujer con las cejas depiladas, las raíces del pelo de un rubio artificial calculado al milímetro para parecer real, y los ojos maquillados de tal forma que era prácticamente imposible no fijarse en su escote. Comencé a caminar al ritmo de una canción que el azar había elegido para ese preciso instante, ese minuto justo. Llevaba unos cascos de esos enormes, una de las adquisiciones que más he valorado, por su excesivo precio y lo bien que se escuchaba el silencio.
Pienso, luego existo, y el hecho de existir me provoca arcadas.
Era el momento perfecto para el suicidio, pero siempre me pareció de mala educación suicidarse un miércoles.
Y hoy es un nuevo día y mañana también, y quien sabe si pasado.

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