
"Lo siento, me he equivocado y te he fallado, espero que puedas perdonarme."
Y entonces ella, con aquellos labios, finos y oscuros, que formaban una de las curvas más perfectas que había existido y existirá, su sonrisa, de dientes mal alineados y no excesivamente blancos, y con esas mejillas tan (aquí iría el adjetivo de irresistibles de morder, pero o no existe o estaba demasiado concentrado en ser y actuar como un capullo con ella para luego poder escribir estas líneas), y esa forma de levantar las cejas por la que tantas veces me entraba la risa tonta, y esa naricilla que se arrugaba como aquellas pasas de esas galletas que no le gustan a nadie, con sus perfectos rizos morenos y aquél perfecto flequillo despeinado que tapaba parcialmente esos ojos oscuros, enormes y maquillados en exceso, que me miraban profundamente y a los que no podía evitar seguirles la corriente. Y sus perfectas manos recorriendo su rostro en busca de quién sabe qué y sus perfectas uñas mal pintadas de un color chillón que hacían juego con su perfecta (no, perfecta no,perfectísima) voz. Se retiró algunos mechones, dejando entrever aquellas perfectas orejas de las que nunca colgaban pendientes ya que ella tenía todas las cuentas saldadas con el espejo y con la madre que la parió, y finalmente, dijo: "quien nunca haya cometido un error, que tire la primera piedra."
Y así fue apedreada, a manos de tiranos corruptos y de zorras insaciables y de gente que solo estaba ahí por hacer bulto. Y si esperaban un final con un sano juicio, debería haber escrito un principio como Dios manda, pero no esperen que crea ni en milagros ni en libros que me digan lo que debo no hacer, para ello ya existe (por desgracia) la educación pública, y cuando me pueda permitir el lujo de exigir respeto, empezaré a respetar. Y joder, ahora mismo deberías estar aquí.
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