Malos despertares.
Hace un sol espléndido, por ello bajas la persiana. El calor que desprenden las sábanas vacías es enfermizo, incluso doloroso. Las zapatillas no están, te las has vuelto a dejar tiradas por el pasillo. El agua corre hirviendo, y ese vapor que desprende te ahoga. Tu imagen en el espejo es,ciertamente, lo contrario de reconfortante. ¿Eso soy yo?-te preguntas, mientras buscas remedios para no pensar, enciendes la tele, lo que ves te repugna y a la vez te alivia. Te das cuenta de que ni siquiera tienes tiempo de desayunar, y unos pantalones que entran con dificultades y una camisa que no abrocha, y ganas de ti, y dónde estarán esos zapatos que te regalaron, si,esos que detestas pero son los únicos que no te hacen daño por las ampollas de tanto bailar entre tanto gilipollas. El peine no está donde todas las mañanas, bueno, qué mas da, y otra vez esas ganas, y otra vez la cabeza se va por otro sitio que sabe que tiene prohibido y, por ello, le atrae. Sales de tu "casa", caminas, ves el autobús, corres. Por un minuto. Como siempre.
Insultas al conductor, pero sabes que no puedes culparle, sabes que no puedes culpar a todo el mundo de algo que quizás, solo quizás,sea culpa tuya.

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