Una extraña situación. Tres tipos corrientes tomando cervezas, estornudando sandeces y empalmándose con sus propias injurias. Bebían, reían, se absorbían. Rizando el rizo y recitando odas a la superficialidad, indiferentes del tiempo que vaya a hacer mañana en la capital o de la muerte de un famoso cantautor. Eran aficionados a escribirse sin componer, oírse sin escuchar, morirse sin coexistir y nacer por casualidad. Se reunían cada jueves, porque aseguraban que era el único día que tropezaba con el resto de la semana, se sentaban siempre en la misma mesa, en los mismos asientos, y si cualquiera osaba interrumpirlos, le pegaban un tiro y continuaban halagando a la camarera de pecho generoso y nariz puntiaguda. Todo el mundo sabía quienes eran excepto ellos, que al verse reflejados en las jarras de cebada desteñir sus propias camisas de cuadros sentían una especie de reconfortante pavor que les incitaba a seguir desenfocándose. Se calentaban y frustraban sus penurias en la cubertería barata del local, jugaban con sus pies marcando el ritmo de Cocaine Blues e incumplían sus propias leyes. Especulaban sobre economía y política, sobre mujeres y sexo, y sobre lo cara que estaba la vida últimamente a sabiendas de que jamás se la iban a poder permitir. Al final de la jornada se dosificaban, se daban un par de palmadas en la espalda y se volvían a desconocer, como si su ebriedad se lo permitiese. Corría por cuenta de la casa perpetuamente, a condición de no manchar de sangre el hule verdáceo que cubría su otra identidad. Ahí nunca había nada que ver.

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