Hoy.
Me quiero decir que más te valdría escuchar un poco más y tartamudear un poco menos, pero ahora mismo no puedo oírme. Esta vez con anestesia total, por favor.
Como si de un saco de boxeo se tratase, he golpeado por centésima vez la pila de discos ordenados alfabéticamente de la A a la U. Y piso, y freno, y acelero, y parpadeo.
Me estoy pringando del neorromanticismo de las calles, que sin embargo, están vacías. Vacías. De todo en absoluto. De nada en concreto. Nada excepto asfalto, y mientras tanto, los manicomios llenos de genios. Y aún te preguntas por qué cojones no encajas aquí, qué te hace falta. Que no es así, que quién te sobra, que a quienes le sobras. Que por qué nos obligamos a comprar discos de vinilo para colgarlos en la pared como si de cabezas de alce se trataran. Que por qué seguimos montando estanterías sin leer las instrucciones. Que por qué dos mas dos no son cinco.
Preferiría que remplazáramos el término "sentir" por el verbo "bailar", o, en su defecto, por "blasfemar", pero a estas alturas me he leído tantas veces el diccionario de sinónimos para poder aparentar mi ignorancia que ninguna acepción tiene sentido. Así que, en un intento de sacar a relucir mi yo misma, lo único que soy capaz de decir es "joder, y yo que sé".
A pesar de todo esto Enero sigue rondando por aquí, valiente cabrón. Y yo con estos peros.
Esto va por mí, para que cuando me sobresuicide puedan escribir mi esquela en verso.
Aunque desconociéndome, seguro que sería un figurante en mi propia película.
Y como siempre, acabaríamos por no bailar un vals. Eso sí, que en los créditos no salga ni un solo hilo tuyo.
Amén.

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