Jadeante, sediento de ganas y agotado física, psíquica y mentalmente, me tumbé en el sofá de terciopelo azul mientras las paredes se ensanchaban y estrechaban a su antojo, como una estrella adolescente embarazada o un extraño que desaparece desde donde tú estás sin revelar el truco.
Las rodillas me pedían clemencia, mis piernas habían dejado de dirigirme la palabra y sudaba y sudaba y nunca era suficiente. Odiaba la una de la mañana, llegar a casa y percibir el olor a café descafeinado con leche desnatada y azúcar sin azúcar. Ya no sentía mi propia colonia, mi sombra siempre me daba la espalda. Hacía kilómetros que llegué y para entonces era muy tarde para hiperventilar.

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