jueves, 18 de abril de 2013

96.

Grande, tan grande que llena un cuerpo y pequeño, tan pequeño que solo ella podía verlo. Da un suspiro a la cerveza y explota otra pompa de jabón, que de repente muere, se esfuma y no tiene a nadie que le lleve flores.
Me desperté acompañado, empalmado pero infeliz.
Me gustaba alargar ese momento para que nadie lo callase, la ventana permanecía justo en frente, a la derecha del espejo, suplicándome huir. Pero ni ella iba a moverse ni yo quería marcharme, al menos, mientras no tuviera nada que decir.
Me dió un vuelco el corazón cuando la ví con los ojos abiertos.
No hizo falta siquiera mirarnos: se levantó de un brinco, se peinó las ojeras y se vistió con la misma ropa con la que se desvistió, como si nunca hubiera sucedido. Pero ya escocía, notaba el silencio de sus palabras rechinando en mis oídos, no tenía nada que hacer. Ahora era suyo.
Jamás volvería a prepararme el desayuno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario