Alrededor sacos de piedras, minas que nunca estallan, pasillos unidireccionales, aviones con destinos paradisíacos que rozan mi tejado invitándome a subir. Televisión, limonada, parajes nacionales, repetir, repetir, repetir. Escalas de grises difusos dibujando acordes módicos. Té verde. Ciudades de humo, bajones en círculos a cámara lenta. Todo el tiempo invertido en marquesinas de pintura color invernadero.
Extrarradio de querer querer o algo así. Obligarse. Sigue la soja, los bucles. El tomillo y el romero y decidir entre playa y montaña. Dulces, polen. Piel con piel. Enlatarse. Empeñarse. Empañarse.
Aparentar no fingir y no llegar a ninguna parte, estar en listas de espera haciendo bulto. Y dejarse hacer legaña paulatinamente. Que para el caso patatas.
Subordinarse a una sensación y acabar por depender de ella por la teoría de la voluntad propia.
Besar y dejar que cicatrice sin rascar la costra. Tomarse con mucha agua y consumirse preferentemente antes de hacerse polvo o castillos en el aire.

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