miércoles, 7 de agosto de 2013

109.

Acostumbrado a desvelarme al despertar de las palomas y el INEM, me calcé mis viejas zapatillas que habían tomado un tono marronáceo ácaro y me acerqué sigilosamente a la nevera de mi cocina americana (odiaba las cocinas americanas), dispuesto a atracarla sin ninguna clase de piedad ni esfuerzo. Me rasqué la entrepierna con desgana, más bien por rutina, y la luz refrigerante me cegó, abriendo el paso a yogures caducados y mortadela con olivas y un par de botellas de ron. Las acaricié para que cogieran confianza, las agarré por el cuello y, como si de un castigo divino se tratase, me reflejé en el cristal del microondas azul.
Me topé con un hombre de metro setenta y barba de tres días que miraba con cierto recelo a sus propios ojos, armados con un par de bolsas y bien pasado por agua.
Era verdaderamente yo y ya hacía cuarenta y ocho años que lo era, pero la intensidad de la compasión de aquella visión nunca me había sacudido de forma tan intensa. Dejé las botellas en el suelo, me serví un vaso en las rimbombantes copas de la vajilla de mi boda, saqué la foto de mis hijas de la cartera y pegué un trago eterno.
Volví al limbo en una media hora y concilié el sueño, quien no me guardaba ningún rencor.
Había vuelto a fracasar.


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