Jamás había oído a nadie hablar como él. Razonaba con seriedad y actuaba con tal racionalidad que la mosca que miraba a través de la ventana llevaba tres cuartos de hora frotándose las patitas sin siquiera tratar de entrar (a pesar de estar abierta por el calor que exhalaba la estufa de leña, compensando la frialdad de los movimientos de aquél hombre). Le pregunté por su familia y por dinero. "Oh" -exclamó, sin modificar un ápice su expresión- "sé que me va bien porque hace tiempo que les perdí la pista a ambos" -pausa para un sonoro sorbo a su café endulzado con sacarina "hay que cuidarse" me había dicho antes, mientras sacaba un puro de la solapa de la chaqueta-. Si bien es cierto que nunca tuve facilidad para entablar una conversación, el respeto y fascinación que me causaba aquél hombre lo hacía todavía más difícil. Me sonrió, tiró el vaso de plástico por la ventana y ahuyentó a la mosca, que había estado siguiendo atentamente nuestra conversación. "Está bien -continué -, haciendo un aparte y alejándonos de superficialidades, me gustaría saber qué quería ser usted de pequeño".
Me miró con desconcierto. "No lo recuerdo" sonó verdaderamente vacío, ni siquiera parecía su voz. "Digamos que, además de ser algo que no le incumbe a usted, no me incumbe a mí" -su tono se había relajado hasta recuperar la normalidad-. "¿Ha oído alguna vez aquello de 'plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro'?" -la verdad es que no sabía muy bien a dónde quería llegar, consideré aquella entrevista como un pulso en el que ninguno parecía querer ceder-
"Sí"
Me miró con desconcierto. "No lo recuerdo" sonó verdaderamente vacío, ni siquiera parecía su voz. "Digamos que, además de ser algo que no le incumbe a usted, no me incumbe a mí" -su tono se había relajado hasta recuperar la normalidad-. "¿Ha oído alguna vez aquello de 'plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro'?" -la verdad es que no sabía muy bien a dónde quería llegar, consideré aquella entrevista como un pulso en el que ninguno parecía querer ceder-
"Sí"
"¿Ha alcanzado usted la realización personal cumpliendo todos estos objetivos?"
"Sí, estoy en la cima de mi propia montaña"
"¿Quiere usted saludar a alguien desde allí?"
"¿Cómo?"
"¿Es usted feliz?"
"¿Eh?"
"¿Se siente usted envidiado?"
"Sería lo natural, ¿no cree?"
"Dígamelo usted"
Entró una joven de piernas recurrentemente largas y vestido recurrentemente corto en el despacho. "Es su mujer, señor" -susurró con el teléfono en la mano- "dígale que estoy reunido" y la joven salió de aquél sumidero, sin mediar palabra ni réplica posible.
"Oiga" -musitó- "sepa usted que paso las jornadas de lunes a viernes entre papeles y llamadas, que ceno con mi esposa todas las noches de viernes, me tomo un par de copas y puedo permitirme el lujo de serle infiel los sábados sin consecuencias, leo libros, veo películas y escucho canciones, si opino yo lo opina el resto y si hablo yo guardan sepulcral silencio. Y es todo a lo que un hombre puede aspirar, a un féretro en la posición más visible del cementerio, rodeado de flores de plástico (miró a la joven secretaria, que estaba consultando una página de contactos online y sonriendo animadamente). Ahora, márchese y hable usted bien de mí, para que el resto de los hombres puedan seguir soñando con ser yo".
Se levantó de su imponente sillón reclinable, me acompañó hasta la puerta y me marché, mientras la secretaria cambiaba la pestaña de golpe y fingía mostrar interés en un documento lleno de números.
"Sí, estoy en la cima de mi propia montaña"
"¿Quiere usted saludar a alguien desde allí?"
"¿Cómo?"
"¿Es usted feliz?"
"¿Eh?"
"¿Se siente usted envidiado?"
"Sería lo natural, ¿no cree?"
"Dígamelo usted"
Entró una joven de piernas recurrentemente largas y vestido recurrentemente corto en el despacho. "Es su mujer, señor" -susurró con el teléfono en la mano- "dígale que estoy reunido" y la joven salió de aquél sumidero, sin mediar palabra ni réplica posible.
"Oiga" -musitó- "sepa usted que paso las jornadas de lunes a viernes entre papeles y llamadas, que ceno con mi esposa todas las noches de viernes, me tomo un par de copas y puedo permitirme el lujo de serle infiel los sábados sin consecuencias, leo libros, veo películas y escucho canciones, si opino yo lo opina el resto y si hablo yo guardan sepulcral silencio. Y es todo a lo que un hombre puede aspirar, a un féretro en la posición más visible del cementerio, rodeado de flores de plástico (miró a la joven secretaria, que estaba consultando una página de contactos online y sonriendo animadamente). Ahora, márchese y hable usted bien de mí, para que el resto de los hombres puedan seguir soñando con ser yo".
Se levantó de su imponente sillón reclinable, me acompañó hasta la puerta y me marché, mientras la secretaria cambiaba la pestaña de golpe y fingía mostrar interés en un documento lleno de números.
Salí de allí.
Respiré hondo, miré al reloj y encendí un cigarrillo. Al sacar el mechero cayó una moneda de cincuenta céntimos de mi bolsillo. La miré con entusiasmo y entré a la papelería de al lado, dispuesto a acabar con el suministro de gominolas de la calle que ocupaba la empresa más importante de la ciudad.
Ya no les quedaría nada. Vivo.

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