No quiero ver más anuncios de perfumes y sexo, no quiero más columpios en el jardín, no quiero hablar en nombre de Jesús, no quiero paliar el color carmín.
No puedo tratar con locos, criminales, desgraciados, imbéciles, repartidores de papel higiénico, ginecólogos profesionales y traficantes de postín. No puedo bajar los humos ni (los párpados) las ansias. No hay suficientes vacunas ni venenos ni serrín.
No quiero conocer más piedras, ni más relaciones de piedra, ni más gallos sin corral.
Los escalofríos que descansan dentro de mí me han vuelto a hacer hablar.
Pero si es que para hablar de partituras, de gabinetes, de micrófonos abiertos y cien por cien poliéster, de divorcios express y derivados del inglés, de telemovies, de becas y trabajo, de lo que se queda en las Vegas, de tacones de cristal y fajos entre noventa y cinco bés ya tenemos suficientes aristócratas independientes. Y ninguno es capaz de reconocerse sin un kilómetro de espejos con las madrastras más bonitas y menos baratas del reino y sin su propia firma y sin alguien que les diga que sigan o deben porque está bien.
No entiendo nada de nada, excepto un par de por qués. Y lo peor es que sólo me gusta la gente que me hace dudar de yo en absoluto. Pero la respuesta es no. Si queréis ganarle a la suerte, decidid un no.
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