sábado, 15 de febrero de 2014

122. Bandera blanca.

A las trincheras, mis queridos perros.
La ciudad entera es pasto de las llamas, asomando pulgares entre escombros. El pelotón recoge sus maletas y se marcha a perder a otra parte.
Pateo latas de refrescos y corbatas calcinadas. No encuentro el camino a Roma después de tantos años equivocándome al tirar las miguitas de pan y disparando a las palomas que se las comían, y rehacer lo bailado a estas alturas no parece plausible. Muescas de balas y cristales rotos, paseo con los pies descalzos.
Continúo caminando e imaginándome los rascacielos en ruinas enterrados hasta alcanzar la suficiente altura como para que parezca un accidente. Justo aquí podría construirse el centro comercial.
El único semáforo en pie de la capital parpadea en ámbar. Los hombres berrean órdenes de abrir fuego de nuevo, de rematarse. Mi situación me recuerda a la de un anciano aguardando el brazo de cualquier muchacha de uniforme a la salida del instituto para poder tener una erección al cruzar la calle: quieto, sí, pero en espera de qué.
Todos quieren volver a casa. Yo quiero volver a casa aunque el felpudo de bienvenida se calcinara bajo mis pies. Los que agonizan por los suelos también preferirían abrazar a sus madres antes que morir como números de héroes.
Pero no lo hicimos bien, porque tuvimos el doble de armas que ellos pero no los suficientes extintores.

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