Me palpita esta ceguera en el párpado derecho.
Cada vez que intento llamar la atención me salta el contestador.
Se me pasan el descontento, las margaritas y el arroz.
Me regalo a los demás, pero se me ha resentido la cuerda y las pilas han dejado de ahumar la habitación, y cuando vean el precio de las tiritas nadie volverá a quitarme el polvo. Los médicos han hecho todo lo que han podido por mi bien, y han llegado a la conclusión de que dormidita rento el doble.
Estoy rezando por todos mis compañeros, a ninguno le han recetado ansiolíticos. No permitirían que estas bombonas de oxígeno sean el único motivo por el que siga votando a mi partido político, y pintando las paredes de mi color favorito, y comiendo sano, y comprando cremas hidratantes, y fumando a mares. Pregunto.
No me dan vez en el confesionario. El psicólogo está rehabilitación. Los desaires de mi perro me dan la sensación de que me está utilizando.
Llenemos el vacío desafiando estar vivos. Una de las mochilas no tiene paracaídas. De cabeza al suelo y de cabeza a los pies.
Y si en lugar de planear tanto voláramos un poco más alto, ¿no dolería el aterrizaje en proporción?
Qué bien escribimos cuando estamos tristes. Sería una pena que dejáramos de hacerlo.

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