Una sonrisa que apresaba almas, que condenaba inocentes, que iluminaba apagones analógicos, tan pura como el primer aliento de un recién nacido, tan oscura como el despertar de un ciego y a la vez tan clara como cualquier mañana de julio. Una sonrisa que te crecía con solo mirarla, una sonrisa dedicada a todos los pobres desgraciados que creían en ella (que no eran pocos ni tontos). Lo peor es que era gratuita, y, ¿qué puede tener de malo algo que no cuesta nada?, te preguntarás, tan equivocado, ya que esa sonrisa valía exactamente trescientas sesenta y cuatro noches con la luz apagada para que no se agotara el brillo de su estrella en un cielo lleno de constelaciones inmortales que se reían de unos labios infelices para compensar la seriedad que habían tenido que sufrir por los siglos de los siglos (que duraban milésimas)
Y le dijo a la luna que no quería estar sola...

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