domingo, 5 de agosto de 2012

82.

Diciembre. Estabamos en el mismo lugar, a la misma hora, eramos familia pero no nos conocíamos. Era un antro de mala muerte donde quedaba el consuelo de que cada uno podía matarse como quisiera, prácticamente se leían los restos de humo en las miradas de cada uno de los presentes, donde se ahogaban las heridas en garrafón porque les habían prometido que no sabían nadar. Ninguno tenía nada que hacer puestos a que sus expectativas eran más bajas que la temperatura que podía alcanzar ese sitio por la falta de calefacción y el poco calor humano que desprendían aquellos seres sin apenas humanizar. No pululaba ni la más mínima muestra de cariño, ni respeto ni pollas, se respiraba la humedad del ambiente, el pólen y la cocaína que unos pocos podían permitirse, porque no hay mejor forma de vivir que consumiendo lo poco que quedaba de ellos mismos. No hay mucho más que contar, solo los años que quedan para acabar con todo.


¿Quién necesita una personalidad en el siglo veintiuno?

No hay comentarios:

Publicar un comentario