viernes, 10 de agosto de 2012

83.

Las seis y veintitrés de la mañana, nunca soporté madrugar, pero no puedo dormir con la conciencia tan sucia. Oigo a los pájaros a través de la ventana, a los de mi cabeza, a los cientos de buses, aviones y coches que pasan, a los te lo dije y a los qué haces tú aquí. El calor que me falta y me sobra no me deja dormir a pesar de pelear contra él cuerpo a cuerpo, la almohada no es tán fácil acomodarla para uno como para dos, estoy hasta arriba de remordimientos y, sin embargo, me noto vacía.
Y veintisiete. Un reloj que no se mueve, un despertador a pilas jubilado, un par de peluches que me miran y unas sábanas de color azul vómito de gato. El mismo brillo en los ojos que hace cinco horas, parece mentira la forma de escapar del tiempo frente a una pantalla, y continúo sin inspirarme después de todo.
Las seis y veintinueve. Solo me ha dado para recitaros esta mierda, los pájaros siguen cantando y hoy ya es ayer pero parece que solo ha empeorado. Continúo emparedada entre dos paredes de madera con un alfabeto entre mis manos y mi dislexia temporal cuando quedan tantas cosas por contaros.
Y treinta y dos. El cuarto se calcina y yo con estas pintas, y tú sin responder, y no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. La puerta sigue abierta, las llaves se pierden, los felpudos te dan la bienvenida.
Te quiero, como siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario