domingo, 26 de agosto de 2012

84.

Era un verano allá por los años 90.
Había empezado ya con el diario que te prometí, te había jurado que no gritaría, que sería una chica buena, y realmente lo estaba cumpliendo. Los comienzos habían sido difíciles, no tenía ni idea de qué poner, me sonaba tán estúpido aquél "querido diario"... pero acabé acostumbrándome a él, como a tantas cosas.
Cada noche escribía un poquito de mi, de quién era, de quién eras, de lo que eras para mí. No te imaginas la cantidad de cosas buenas que puse de tí, cada vez que lo releía pensaba en cuánto te habrías reído de mí si supieras todo lo que había en esas páginas, seguro que me habrías dicho que era tonta y que te dejara en paz, y todo aquello podía conmigo y me agotaba y me hacía atascarme una y otra vez. Pero seguía para adelante, confiaba en mi mejor amigo, el que sabía todos mis secretos, todas las verdades detrás de miles de mentiras y todos esos borrones de bolígrafo.
La posible e imposible idea de un futuro juntos era de las pocas esperanzas que se avivaban por momentos y me convencían a mi misma de lo joven que era y de que apenas podía saber qué se siente cuando algo duele con más daños que años. Me repetía cientos de veces "venga, no exageres" y "deja de hacerte la víctima", ese par de frases daban más vueltas en mi cabeza que una licuadora. Daba un trago de agua y seguía escribiendo, bien por soberbia o bien por necesidad.
Entonces llegó el día.
Un dos de abril de cierto año cerré el diario definitivamente.
Tú decías que pondrías la mano en el fuego por mí y allí mismo fue donde acabó. Sentí el peso de todas esas palabras prendiéndose en mis párpados, el calor de los diálogos plasmados, el brillo de las tapas de cuero y un confuso olor a libertad. Cogí el teléfono y tocó hacer la pregunta que tanto me había estado esperando. Removí la agenda, y tras oir una canción que conocía como pocas, grité "¿cuál es el puto problema?".
No podía ser más simple y predecible.
"Tú."
La respuesta la tuve delante de mis ojos durante todos aquellos años y una ceguera sentimental había anulado todo contacto con la Tierra. Y aterricé de golpe, y del golpe un río, y del río dos puentes, y de los puentes rencor, mucho rencor, y esperanzas como una gilipollas, y dinero perdido.
Y había prendido fuego a mi mejor amigo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario