Tendemos a caer, a ser pisoteados, a arriesgarnos a poner la otra mejilla y a poner la mano cerrando los ojos y vamos y nos quejamos de que no vemos nada. A cruzar ante la mirada atónita del tendero del barrio que no pudo vender ni periódicos, ni prejuicios, ni banderas. Y se arrodillaban por un trozo de pan. Y suspiraban por un fin peor que la enfermedad. Y una plaga de sanguijuelas vegetarianas y una luz al final de nada. Y cadenas perpetuas y letras de Nirvana.
Pudieron ahogarse o pudieron ahogarlos.
Y en medio estábamos nosotros, dando vueltas en cuadrados y recordando lo maravilloso que era todo por un par de canciones sin remitente. Y de tanto tirar se rompió, pero puedo prometer y prometo que en mi absurda y memorable existencia volveré a repetir vuestro "y comieron perdices".
No lo entiendas, sácame de aquí. De ninguna parte.
100. Y uno.

No hay comentarios:
Publicar un comentario