A los ojos de su público deshojaba margaritas que siempre le decían que no. Desde pequeña quiso ser la reina de lo superficial, y solo se permitía dar pena completamente borracha. Y nunca le pusieron una excusa para no estarlo.
Pura morfina, ganaba, se encargó de no dejar huella dentro de nadie, el crimen perfecto. Tenía la boca bonita y quemada de recitar nanas a cambio de escucharla.
Era azar, azahar, cuerda de atar. Con miedo a no quererla y a ser querida.
Quería casarse en Las Vegas y morir en su noche de bodas. Que la luna de miel se veía con otros ojos desde arriba, decía. Y se movía por miedo, ira, calor, hambre, sueño, curiosidad, pero nunca por ganas. No mataría a una mosca si no fuera por venganza.
La oía chasqueando los dedos y tarareando letras de canciones que le gustaría haber compuesto para poder decir que le pertenecían. Era muy suya y de nadie más. Y en menudos jardines se metía por su mayor aspiración, que mira tu por dónde, era que la dejaran en paz.
Desde donde quisiera que acabara juró estar criando malvas como si fueran sus propias hijas. Y la imaginé por última vez arrancando su último pétalo, color ceniza, pues sería muy estúpido visitarla a su tumba para llevarle flores... de plástico.
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