miércoles, 25 de septiembre de 2013

112. La patata caliente y el microondas suicida.

Érase una vez un por qué tan grande que nunca se preocupó por el espacio. Es una leyenda sobre una mentira a sus padres y habla de mordiscos a gomas de borrar.
Tenía como único y exclusivo don no tener ni idea de nada, es decir, el ser un modelo a seguir. Contaba historias que improvisaba y el resto (su público privado) aplaudía descompasado y convencido para tener la razón. Las malas lenguas eran apeladas para revisar y corregirle, y el teléfono roto seguía sonando. Nadie dudaba de su palabra excepto él, a quien le parecía una falta de respeto no insistir en ello durante sus propios argumentos. Porque nada era más alabado que poder hablar y lavarse las manos después, y buscar significados a algo que no eran más que letras que te obligaban a evocar inmensidad porque así lo dijo una profesora de secundaria.
Los polos opuestos se atrajeron y se acabó enamorando de sus propias palabras. Tanto las quería que las dejó libres, sustituyéndolas por peso muerto en los bolsillos y millones y millones de personas llorando de felicidad a chorro. Y los que sabían decían que estaba feo, pero que ellos qué coño iban a saber. Y claro.

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